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LA OBRA DE EDUARDO TOLDRA

18 de juny 2012, 8:04 publicada per Eduard Toldrà i Soler   [ actualitzat el 18 de juny 2012, 9:01 ]
MARTES 5 DE JUNIO DE 1962 LA VANGUARDIA ESPAÑOLA Página 29


MI AMIGO, VIOLINISTA Y COMPOSITOR

Eduardo Toldrá nos ha dejado en un momento glorioso de su vida. Estábamos todos (toda esta gran familia, que le admiraba y quería entrañablemente), acostumbrados a verle, oírle y apreciar sus magistrales interpretaciones. La muerte implacable ha venido cruelmente a dejarnos en un estado de suspensión dolorosísimo...

Toldrá era violinista nato personalísimo sin alterar ni deformar por ello (como ocurre con algunos artistas demasiado «personales»), el pensamiento del compositor. Su «manera», su estilo, eran inconfundibles y de irradiación extraordinaria.

El joven Toldrá tuvo la suerte de encontrar un excelente maestro en Rafael Gálvez. ¡Cuántas veces mi gran amigo me había hablado de él con la profunda admiración y veneración!

En el «caso» Toldrá resulta imposible separar el hombre del artista; su técnica era humana; musical, sensible («la técnica viene directamente de la expresión», nos dice Liszt). No se trataba ya en Toldrá de la técnica fabricada aparte para ponerla después al servicio de la música, sino más bien de la técnica en unión y función del arte, como nos reclama Furtwaengler.

Todas las cualidades humanas de Toldrá se reflejaban en su arte violinístico e interpretativo: Un algo primaveral, optimista y sonriente finia de su arco. Pocos artistas poseen este don de la alegría y pureza en el sonido; su manera cariñosa, tierna, nunca empalagosa, contrastaba elocuente y bellamente con su enorme energía, su ritmo, su ataque firme sin dureza ni petulancia; la variedad de timbres logrados evocaba el color de la orquesta; en este sentido y en algún otro aspecto recordaba al famoso Enesco [external link] [biography]. También, como es sabido, violinista, director y compositor. No hay duda que el compositor, influía poderosamente en el arte del violinista-intérprete, que daba, cada vez más, la impresión de hacerse suyas las obras de los otros compositores.

Cuando muy joven dió a conocer sus «Sis sonets», recuerdo que Casals, presente en el concierto: me dijo: «En la manera de expresarse Toldrá en el violín, siempre había sospechado que había en él un compositor». Esta obra para violín es de un frescor y una belleza imponderable, verdaderamente emocionante. Podría aducirse que produce esta emoción y esta simpatía por el hecho de que en ella circula constantemente un aire local de «canto a la tierra». Para desmentir este supuesto juicio que se me permita y perdone, porque no hay ninguna variedad en ello que haga alusión a una actuación mía. Estimulado por la admiración y el entrañable afecto hacia mi gran amigo, me decidí a presentar esta obra, con la colaboración de Blanca Selva, en Madrid. El entusiasmo de los madrileños fue enorme. «Qué maravilla de luminosidad», exclamó Arbós que asistía, al concierto. Posteriormente, esta, obra fue ejecutada en el extranjero, y la acogida fue siempre la misma; compositores como Florent Schmitt y Albert Roussel, reconocieron con entusiasmo la gran personalidad de nuestro Toldrá.

Han pasado muchos años, y estas obras exquisitas no envejecen porque en ellas hay este «algo» misterioso que sólo los elegidos poseen. Nuestros jóvenes violinistas, algunos de ellos acostumbrados a luchar con las obras de los compositores contemporáneos, incluyen en sus programas las obras de Toldrá y sienten la sorpresa, de lo inefable, puro y verdadero al adentrarse en el espíritu de estas pequeñas piezas exquisitas e inmarcesibles. Estas cualidades resaltan en todas las composiciones de nuestro gran artista, que a pesar de su difícil simplicidad, son profundas, nobles y absolutamente sinceras.

¡Es esto un alto ejemplo!

Juan MASSIA



DOS RECUERDOS

Existen momentos en nuestra vida que dejan en nuestro espíritu profunda huella, y que jamás se olvidan. Dos de ellas, en el curso de mi vida artística, se encuentran estrechamente ligados a mi querido amigo y admirado Eduardo Toldrá.

El mas lejano de estos recuerdos es el de Toldrá violinista sentado ante el primer atril del "Quartet Renaixement", del que fue fundador, en el año 1911 -a los dieciséis años-, silueta, gesto ágil y alerta, su cabello aventado.

El "Quartet Renaixement" marca en la historia de nuestra vida musical un momento de suma importancia. Se presenta en público en el año 1912, siendo su principal misión la de divulgar la música extranjera en España y la nacional en el extrangero. Por primera vez oímos en Barcelona, interpretados por esa excelente agrupación, los cuartetos de cuerda de Debussy y Ravel, lo que significaba en aquella época un verdadero acontecimiento y un rasgo de valentía digno del más vivo elogio. Sólo un carácter fuerte y dispuesto a afrontar toda la responsabilidad, sólo un músico inteligente y sensible como Eduardo Toldrá podía realizar tal proeza.

Sintámonos orgullosos por este hecho y de que Barcelona -añadiré-haya ostentado siempre el primer lugar en las avanzadas del movimiento artístico referente al acontecimiento de obra nuevas.

No es este el lugar adecuado para extenderse sobre tal capitulo; permítaseme citar tan sólo algunos de los ejemplos más sobresalientes en esta historia de audiciones y representaciones célebres: En el mes de febrero del 1818 se ejecuta en el Salón del Palau "una sinfonía nueva del señor Beethoves (textualmente copiado del "Diario de Barcelona"). En julio de 1862, Anselmo Clavé dirige un concierto coral-instumental en el que es ejecutada por primera vez en España música de Wagner, la "Marcha triunfal" de Tannhauser". La primera audición en nustra península de la música de César Franck tuvo lugar en Sitges, en el año 1896.

Recordemos igualmente aquella representación de "Parsifal" en nuestro Liceo, el 1º de enero de 1914, día en que dicha obra pasaba al dominio público. El telón se levantó a las doce de la noche, para ser así de los primeros en representar dicha obra.

La audición de los cuartetos de Debussy y de Ravel por el "Quartet Renaixement" fue decisiva para mi, y no olvidaré jamás que estas audiciones debidas a Toldrá contribuyeron profundamente al desarrollo de mi vocación de compositor.

El otro momento inolvidable es el del concierto en el cual fueron presentadas conjuntamente obras de Toldrá y mías, en los comienzos de nuestra carrera musical. Ante mí tengo el programa: 28 de diciembre de 1922, en el Palacio de la Música, "Associació d'Amics de la Música". Programa homenaje dedicado exclusivamente a obras de Eduardo toldará y de Federico Mompou. En la primera y tercera parte figuraban mis "Impressions íntimes", "Escenes d'infants", "Cants màgics", "Festes llunyanes" y "Suburbis", interpretadas por el pianista francés F. Motte Lacroix -mi profesor de piano en París y uno de mis primeros intérpretes-. En la parte central figuraba el estreno de los "Sis sonets", de Eduardo Toldrá, para violín y piano, interpretados por el propio autor, acompañadas al piano por Motte Lacroix. Recuerdo la satisfacción que me causó esta colaboración y me enternece ahora leer nuevamente las elogiosas críticas a los dos "jóvenes y prometedores compositores".
Poca cosa podría añadir a todo lo que se ha dicho en estos días acerca del valor artístico y humano de Eduardo Toldrá. Sólo quieriea reiterar aquí mi profunda admiración al música y al amigo, y terminaré repitiendo lo que dije sobre él el día de su ingreso en la Real Academia de Bellas Artes de San Jorge: "… es de lamentar que Toldrá, absorbido totalmente por sus múltiples actividades de director de orquesta y profesor, se haya visto obligado a restringir el tiempo que pudo haber dedicado a la composición. Demos gracias a su gran vocación y tenacidad, que han hecho posible la creación de tantas páginas de música, de su música, que siempre es un regalo para nuestro espíritu, y en las que ha dado magníficas pruebas de ser un excelente compositor. Admiro su música por su gran espontaneidad. Es manantial claro bajo la sombra de alta arboleda. Siempre melódica e inteligente, cantando como brisa del Mediterráneo o perfilando la línea de nuestros campos y montañas, porque en la música de Eduardo Toldrá vibra toda la inmensa poesía de nuestro paisaje".
Que la ternura infinita contenida en la melodía de su "Cantarcillo" permanezca entre nosotros como recuerdo vivo de su bondad.

Federico MOMPOU
(de la Real Academia de Bellas Artes)

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