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FALLECIMIENTO DEL MAESTRO TOLDRA

31 de maig 2012, 12:34 publicada per Eduard Toldrà i Soler   [ actualitzat el 15 de juny 2012, 10:55 ]
LA VANGUARDIA ESPAÑOLA VIERNES 1 DE JUNIO DE 1962

DÍA DE LUTO PARA LA MUSICA ESPAÑOLA
EL ÓBITO ACAECIÓ AYER, A LAS DIEZ DE LA MAÑANA

A las diez de la mañana de ayer, víctima de cruel y larga enfermedad, falleció en nuestra ciudad, en su domicilio de la calle Gerona, número 133, el ilustre director de la Orquesta Municipal de Barcelona e insigne marido don Eduardo Toldrá Soler.

En el momento de producirse el óbito se tallaba rodeado el maestro Toldrá de su director espiritual, monseñor Pellisa; su esposa, doña María Sobrepera Vicens; su hija, doña Narófm, y su hijo político, don Modesto García Rancini.

El pasado miércoles, el doctor don Joaquín Montuno! que le asistió desde el primer momento de su enfermedad —que se prolongaba desde los primeros días del mes de enero—. comprobó que se había producido un alarmante empeoramiento en la dolencia del enfermo. Desgraciadamente, Sos esfuerzos de la ciencia no pudieron vencer la grave crisis y en la mañana de ayer, después de haber comulgado y recibido los auxilios de la religión, el maestro Toldrá entregó su alma a Dios.

Su última ilusión

Durante la representación de «Atlántida», en el Liceo de nuestra ciudad, en el mes de noviembre, el maestro Toldrá ya acusaba intensos dolores en el brazo izquierdo. Su gran entusiasmo y dedicación a la música, lé hizo sobreponerse a la dolencia que sufría y no sólo dirigió las representaciones barcelonesas, sino que se trasladó a Cádiz en donde, a consecuencia de un desgraciado accidente, sufrió la fractura de una costilla, lo que contribuyó a agravar su estado de salud. Trasladado a Barcelona tuvo que observar una total inmovilidad en la cama y fue sometido a tratamiento a fin de superar los efectos dolorosos de la enfermedad.

El maestro Toldrá desconocía la terrible enfermedad que padecía y esto hizo que su ánimo no decayese y que reiteradamente manifestase su ilusión de poder reintegrarse pronto y en plenas facultades a su cargo de director de la Orquesta Municipal de Barcelona, a la que había entregado, durante tantos años, sus más hondas y fervientes dedicaciones.

Profundo sentimiento

Rápidamente la triste noticia del óbito fue comunicada a la sobrina del finado, la prestigiosa pianista Enriqueta Garreta, quien se trasladó a la casa mortuoria. También fueron avisados los maestros Millet, Zamacois, Ferrer y Pich Santasusana, que acudieron al domicilio del finado para tributar el homenaje postulo al que fue amigo entrañable y compañero. Asimismo acudió a dar el pésame a la familia el administrador del «Orfeó Cátala», señor Marill; el secretario de la Corporación Municipal, señor Bermejo, acompañado del jefe de ceremonial, señor Gómez del Castillo, con el fin de hacer patente a la familia del fallecido maestro Toldrá el testimonio de pésame del Ayuntamiento de Barcelona por el fallecimiento del ilustre músico. También fueron a testimoniar su condolencia los profesores de la orquesta- del Liceo, así como la pianista Rosa Sabater, que profesaba gran admiración al maestro Toldrá.

El sepelio se efectuará hoy

Durante toda la tarde fueron innumerables los barceloneses que acudieron a la casa del fallecido maestro Toldrá para hacer patente su sentimiento por tan irreparable pérdida, y fueron numerosísimas las llamadas telefónicas y telegramas recibidos de todas las asociaciones de música y personalidades de España y del extranjero.

La conducción de los restos del maestro Toldrá a su última morada se celebrará hoy viernes, a las cinco de la tarde.



TRIBUTO AL HOMBRE Y AL AMIGO
ES NUESTRO PRIMERíSIMO, NUESTRO INDISCUTIBLE ARTISTA..,» 

(by Antonio FERNANDEZ-CID)

Por caminos de admiración artística llegó, con la fuerza del sentimiento incontenible, una amistad abierta, permanente, inconmovible. Han pasado ya veintitrés años. Toldrá, pocas fechas después de afirmada la paz en España, tocaba en un café, que su arte convertía en nobilísimo salón de conciertos. Obligaciones castrenses, muy lejanas de las periodístico musicales de ahora, me trajeron a Barcelona. Hablamos. Su generosidad supo dictar el trato en régimen de paralelismo. Los dos, él músico, yo aficionado, sentíamos el deseo de cambiar impresiones, comentar obras, sugerir proyectos. Paseos, charlas en el hogar que se abría propicio, establecieron el reciproco fraternal afecto. Ahora, bien puedo asegurarlo, nada beneficioso para el sereno reflejo de unas impresiones que, muy al margen de la tasación crítica razonada, buscan rendir homenaje al amigo entrañable, al hombre bueno, al artista de excepción.

Perfil humano es tanto, en el caso de Eduardo Toldrá, como decir perfil artístico. Porque el hombre y el músico, inseparables, componían la más bella ecuación. Para completar el cuarteto, siempre la fórmula musical más lograda, estaban la esposa, la hija: María, Narcisa. Como paisaje invariable, el de su Cataluña de origen, de residencia, de amor e inspiración. La casa de Gerona, 133, y Cantallops. La Escuela Municipal —hoy, el Conservatorio barcelonés— y su Orquesta. El piano, un violín que ya sólo en alguna jornada memorable salió de la funda para ofrecer una melodía riente al nieto que alegraba las horas de reposo en el trabajo, un piano flamante, un nuevo «colín» desde el que Toldrá gozaba siempre buscador de timbres y de armonías en las partituras propias y las extrañas. Un hijo político, Modesto García, que antes de serlo presumía de polizón en todos los ensayos; que ahora llora por partida doble al maestro y al padre. Y el doctor Monturiol, Manuel Capdevila, sus amigos, sus camaradas de siempre: en las horas buenas y en las difíciles, en los éxitos y los momentos ingratos. Y sus músicos, sus hijos espirituales: Rafael Ferrer, José Trotta, Domingo Segú...

Pero, sobre todo, Maria, la compañera de siempre, la mujer única, destinataria de todos los triunfos, consuelo de todos los quebrantos. La imagino entornando los ojos, en el palco más perdido, para oír sin ser vista el concierto; su convicción, su fervor contagioso en escuchar las canciones en la propia sala hogareña y apuntar, con el más sencillo, más emocionado y firme acento, que le parecían muy bonitas; acariciar todos estos meses las manos ya dolientes, bálsamo único para Eduardo; pasmarse ahora de que su vida pueda seguir sin él. 

Toldrá, caballero de una pieza. Bueno, sin presumir de serlo, inteligente con naturalidad, culto sin petulancias, noble por irrefrenable impulso, modesto hasta lo inverosímil; objetivo en el análisis, la tasación, el examen, el juicio íntimo; generoso para reflejarlo sobre el colega, sin conocer la envidia, sin saber de intercambios, ni capillitas, ni consignas para medrar. Y artista, gran artista, forjado en los caminos de un profesionalismo que no desdeñó las tareas humildes, porque en todas, en las más encumbradas y las de menor relieve, lo daba todo, para propia satisfacción de su espíritu.

En su historia se pueden, claro es, resaltar infinidad de gloriosas efemérides y triunfos: desde los alcanzados, todavía en la adolescencia, como titular del «Cuarteto Renacimiento» e intérprete con él de todos los beethovenianos; desde los que parecían llevar como por la fuerza de un imán a todas sus canciones todos los posibles premios; desde los conseguidos a golpe de arco, de batuta, de pluma en la composición —¡ese adorable «Giravolt de Maig»!— hasta el inolvidable que ha unido para siempre su nombre al estreno barcelonés y gaditano de «Atlántida», roto ya el cuerpo, no el espíritu, por la enfermedad.

Se han citado muchas veces sus versiones de maestro dominador y artista. Se han glosado sus melodías vocales. Un día, el recuento, el comentario, podrá desplegarse en el libro que hombre y músico merecen. Yo prefiero ahora suscribir como el propio juicio que hace sólo cuatro fechas oía de labios de Rafael Frühbeck, primerísimo director joven de España, recién llegado a Bilbao desde Barcelona, en donde la gravedad de Toldrá no impidió que lo recibiese para examinar con él la partitura de «Atlántida». Me dijo: «Es nuestro primerísimo, nuestro indiscutible artista; un maestro y un músico del que todos tenemos que aprender; una personalidad arrolladora y un hombre bueno...» Sí; un hombre bueno, músico por la gracia de Dios. Quienes lo hayan visto ensayar, quienes conozcan su entrega, las tareas que no se realizan de cara al público, en el crisol del laboratorio, que tantos abandonan, comprenderán mejor lo irreparable de esta pérdida. Evocarán su voz cálida, su balbuceo careta de una voluntad depuradora firme que buscaba la expresión perfecta, su alegría exultante al conseguir algo que se acercase a lo que consideraba deseable, sus símiles, frases de loa, de incitación... «Trompa, lo mejor que tenga.» «Escuchemos al oboe que tantas cosas tiene que decirnos.» «¡Bravo, señores! Si lo hacemos más pianísimo, ganaremos la gloria... »

Toldrá en su tránsito ya parece haberla conquistado. Hasta los trazos recios, sólidos, como tallados en piedra de su rostro, se han dulcificado. En la expresión, triunfa la ternura, tantas veces derrochada a manos llenas. Esa ternura que hoy nos hace llorar a todos; que ha convertido el pasillo de su casa en un reguero humano de amigos, de admiradores, de subordinados, de barceloneses de todas las clases sociales, que saben qué grave es la pérdida, mientras se amontonan los telegramas, se suceden las llamadas de toda España y desde Madrid se disponen a trasladarse algunos de sus mejores, más fieles seguidores, de sus más entrañables compañeros, auténtica representación de toda la España musical.

Antonio FERNANDEZ-CID


ARTISTAS DE BARCELONA RINDEN HOMENAJE AL DIRECTOR DESAPARECIDO

Sencillo, cordial, bueno

Dije al tratar de Toldrá en ún libro sobre la música catalana de nuestros días, que si con un solo vocablo tuviésemos que definir la cualidad rectora de su personalidad y de su obra musical nos sería muy difícil escoger el más adecuado a su silueta artística. Simultáneamente nos asaltarían los términos «cordialidad», «naturalidad», «transparencia», «ponderación » o «claridad» que reclamarían para sí el derecho de prioridad conceptual, sin que separadamente o en conjunto, consiguieran dar la idea exacta de los valores espirituales que contiene su labor de compositor.

Ahora, en estos instantes en que, con el traspaso del músico, lamentamos la pérdida del hombre, del amigo, pensamos que con aquellas palabras atribuidas a su obra lo que realmente pretendíamos era aprisionar la silueta humana de Toldrá, de esta gran figura de nuestra música, pues su personalidad irradiaba la cordialidad, ponderación y transparencia que asignábamos a sus creaciones en un fallido intento de definición.

Violinista, compositor y director de orquesta, las tres principales facetas de su actividad, que tan honda trascendencia han tenido en el desarrollo de la vida cultural del país, son otros tantos aspectos de la múltiple vocación musical de Toldrá. cuya vida —¡tan cercana aún!— no conoció otras dedicaciones que las referidas —con total entrega— a su menester sonoro. Hoy a la «hora de la verdad» —término «calé» particularmente caro al maestro para indicar el supremo trance—, sin olvidar la extraordinaria significación de su figura pública, no podemos dejar de sentir el íntimo dolor por la pérdida del «hombre Toldrá», este hombre sencillo, amable, cordial y bueno que amó entrañablemente los pequeños goces de esta vida pasajera (tabaco, tertulias, amistad), los cuales, al discurrir por el tamiz de personalidad adquirían un leve tono de ingenua ironía que otorgaba un tono trascendente a la aparente banalidad del hecho humilde y cotidiano. Descanse en paz.

Manuel VALLS

La generosidad de su espíritu

El dolor es tan intenso, la herida tan profunda y tan en carne viva, que difícilmente podemos darnos cuenta todavía de la magnitud que tiene para todos la dolorisima desaparición del maestro Toldrà.

Para el buen amante de la música, representa la pérdida del artista que le ofreció las versiones más nobles, honradas, inteligentes y profundas, el intérprete que le hizo querer aún más la música porque él que la amó íntegramente, con toda su alma, le revelaba constantemente nuevas bellezas, las bellezas que su excepcional sensibilidad descubría y que nos brindaba generosamente.

Para nosotros sus discípulos, es espantoso, desolador, el pensar que ya no le tendremos más entre nosotros, que no oiremos más su voz, su consejo, sus enseñanzas, que no sentiremos ya más la cordialidad de su abrazo.

Solo podrá hacernos más llevadero nuestro dolor la idea de que Dios habrá de premiarle su bondad, su absoluta bondad, que derramó tan generosamente sobre aquellos que tuvimos la inmensa suerte de convivir con él durante tantos años.

En paz descanse

Rafael FERRER

Medio, siglo de recuerdos

Acabo de contemplar a Eduardo Toldrá en su lecho de muerte. En mi alma afligida por la tremenda desgracia se agolpan ahora casi medio siglo de recuerdos del entrañable amigo, del gran artista que nos ha dejado.

Los que hemos seguido casi paso a paso la labor musical que Eduardo Toldrá ha realizado desde sus comienzos: fundador en su primera juventud del inolvidable «Quartet Renaixement», con el cual educó a toda una generación de melómanos en uno de los aspectos más nobles y sutiles de la música, revelándole los grandes tesoros de la música de cámara de todos los tiempos, apenas conocidos en aquella época en nuestra ciudad; violinista excepcional, indispensable en el primer atril de la orquesta en todos los actos musicales de categoría; compositor exquisito de una inconfundible personalidad, sin hablar de su magistral actuación al frente de la Orquesta Municipal, de todos conocida, los que, en fin, hemos contemplado su heroica continuidad a pesar de todos los obstáculos y dificultades que todo artista auténtico ha de vencer, especialmente en nuestro pequeño mundo musical, sabemos que el arte musical hispánico acaba de perder no sólo uno de sus mejores valores, sino también un hombre de la más alta categoría humana y social.

Eduardo Toldrá, formado en el calor de aquella alma ardiente, de aquel gran artista que fue Luis Millet, recibió de su maestro toda la cultura clásica que ha de poseer un verdadero músico, se desarrolló su sensibilidad para todas las cosas buenas y bellas. Esta magistral y sólida formación se refleja en toda su actuación y especialmente en sus composiciones; nada hay en ellas de improvisación, ni de intelectualismos de última hora, su música no es de laboratorio, sale de un alma y florece como las rosas, pero sabiamente cultivadas por una técnica impecable y con el perfume delicioso de una gracia y de una personalidad inconfundibles.

Eduardo Toldrá nos deja desolados en esta mañana primaveral; Dios lo ha querido para Él, para que goce de la eterna primavera de su Gloria, para revelarle aquella Belleza Absoluta por la que nuestro inolvidable Eduardo Toldrá tan noblemente luchó durante toda su gloriosa vida.

Juan GIBERT CAMÍNS

Calidad del intérprete y del compositor

Me resulta casi imposible, en estos momentos de dolorosisima emoción, poder expresar un ubico sobre Eduardo Toldrá, cuya muerte nos ha dejado a todos anonadados. Fuimos, con Toldrá, niños casi, compañeros de algunos estudios en la antigua «Escola». La lucha por la vida nos llevó a actuar, jovencísimos, en bastantes ocasiones, en conjuntos formados para interpretar bailables, música de «brasserie» y cosas por el estilo, él «concertino» de los violines y yo al piano. De tener el ánimo propicio, podría contar gran numero de anécdotas de estas hazañas, en las cuales todo lo ejecutábamos a «primera vista», demostrativas del extraordinario repentizador e improvisador que era Toldrá, que a cada momento nos asombraba con alguna proeza en los indicados aspectos.

Superada esa época y cuando su cuarteto «Renaixement» gozaba ya de un prestigio tan sólido como bien ganado, viendo mi impaciencia y ambición de compositor juvenil que ardía en deseos de manifestarse mediante alguna obra de cámara, me pidió que le escribiese un cuarteto para instrumentos de cuerda o una sonata para violín y piano. Opté por ésta y así nació mi «Sonata en fa sostenido menor», que estrenamos bajo los auspicios de la «Associació d'Amics de la Música», en el «Palau», el 20 de abril de 1918, de la que fuimos él y yo interpretes. Ensayamos mucho y cada ensayo representó para mí un nuevo motivo de admiración hacia Toldrá ¡Qué musicalidad la suya; qué facilidad y comprensión tan extraordinarias… y cuánta bondad en su corazón! Después, muchas cosas juntos, en los últimos veinte años en razón de nuestros respectivos cargos. Y nunca ningún contacto resultó negativo, antes al contrario: mi admiración hacia su formidable personalidad sólo tuvo ocasión de ir en aumento. Y he de confesar que ello, lo mismo respecto al Toldrá intérprete que al Toldrá compositor. ¡Qué extraordinaria calidad, sencillez, nobleza y enjundia la de su música! Descanse en paz el queridísimo compañero del cual soy agradecido deudor, tanto en el aspecto artístico como en el de la humana relación.

Joaquín ZAMACOIS


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